[ 957]. Hola desde Madrid quiero presentarles mi cama.( titulado; autor intelectual;
Felipeherreramillan@gmail.Com].
Hola desde Madrid quiero presentarles mi cama.
Me levanté despreocupadamente y, sin prisa, me lave’ y me vestí. Toda la noche y madrugada había dormido bien. Todavía me sentía soñoliento. El enfermo Arturo vino a mi casa a ver cómo me sentía.
—No tan mal—le respondí—, Apenas con un poco de sueño.
—Qué le gustaría desayunar o comer?
—Esperaré a la comida.
—Debí de haber dormido mucho tiempo, porque cuando desperté era media mañana, Arturo sentado junto a mi después de recoger la caja, los plásticos y los cordeles, guardar el saco en la mochila. Le comenté que había estado antes de ayer Luisa la trabajadora Social del hospital Gregoria Marañón para ir juntos a llevar unos folios después de ella rellenarlos a Vivienda para solicitar una para mí. Y me preguntó.
—Ahora estás mejor?
—He tenido una buena noche de sueño y no estoy ya bajo los efectos del veneno.
— Pero durante uno o dos días tendrás que tomarte las cosas con calma.
—Pero es tanto lo que tenemos que decirnos!
—Tenemos mucho tiempo para decírnoslo.
—Dime una cosa, nada más llegar a Urgencias a los tres minutos aparece el presidente.

P-Es verdad que yo le importo?
R- Es la verdad más verdadera que jamás haya habido.
—Pero se proyectaba en silencio, sinceramente esperando por él y quizás él por mí se había congelado esa sublime conversación.
—Pero, porqué fingía,,?
—Porque quería asustarte a ti. Quería que tú demostrara algún sentimiento hacia él.
Desde ese instante. El cielo empezó a cerrarse y cayó en forma de una gran lluvia que abarcó ciertas zonas de la calle Alfonso 12 número 44 de La comunidad de Madrid y unas horas después más granizo que se fue convirtiendo en nieve. Esa zona se convirtió en montañas blancas ( rápidamente volví armar mi casa, casi en el mismo banco . ). Luisa se marchó rápidamente pues eso de la nieve aumentaría— Los ojos le brillaban . A menudo he pensado que esa nieve tuvo un gran poder, por el efecto, que ejercieron sobre mí la gente. Parece que es universal la noción de que tienen alguna influencia misteriosa.
Mientras hablábamos Arturo, después Luisa antes de irse, un día uno y un día después el otro, se abrió una puerta donde yo miré en la espera aún de una vivienda digna y tengo que seguir mirándolo aunque me haya marchado de allí con toda la ternura de mi ser y , no tuve nada de valor para despedirme de mis amorosos vecinos siempre pendientes en todo momento de mí.
Quiero creer que podría encontrar a alguien que me acompañara durante el tiempo que me quede por vivir. A la mañana siguiente, cuando salí de mi caja de cartón seguía cayendo la nieve cruda y me encontré con un señor con un Telmo en la mano de caldo de papas caliente. Me sorprendió verlo y la curiosidad me dejó que le preguntara como había podido llegar hasta mi con esta inclemencia sin fin? Y señaló hacia el cielo, noté que no había huellas de las pisadas en la nieve y fue entonces comprendí que llegó a través del helicóptero y estaba suspendido amarrado a una cuerda que en una señal dada por terminada nuestra conversación tiró de la misma y fue subiendo y subiendo hasta introducirse en el helicóptero. Hablé con él de los años que llevaba durmiendo en ese banco y estaba sorprendido- me dijo que era un caso único , y estuvo de acuerdo. Al principio, un poco decepcionado por tener que dejarme . Tan pronto lo vi irse entre las nubes blancas y la caída de la nieve, abrí el Telmo de caldo y formalmente me entregue a tomarlo. Yo subí a mi habitación y cerré la puerta de cartón y plástico y me quedé cavilando sobre todo lo sucedido. No dejaba de pensar en las personas adecuadas que están ahí cuando más los necesitas y lo que dominaba mi pensamiento era el recuerdo de la actitud de Arturo, Luisa y la del paracaidista del helicóptero.
Era yo muy joven cuando caí en la cuenta de que había en mi algo misterioso, y me invadió, para nunca abandonarme, una sensación de que no era parte de este mundo. Soy diferente de todos los demás, yo no viví como un muchacho cualquiera y aún me pregunto. Qué hay de malo en eso, en el arroyo aquel que me bañaba tan placenteramente y en el bonito puente de arriba del río que lo atravesaba? Para mi eran especialmente atractivos, porque el otro lado de ellos se elevan las magníficas murallas y el débil destello que me rodeaba al mucho tiempo que pasaba solo, y que me permitió tomar conciencia del misterio que me rodea aún a modo de niebla a través del cual nada puedo ver. Alguna que otras veces arrojaba una débil luz, la luz que en mis ojos arde como el verso aquel de Manuel Corona; si los abres amanece y, si los cierras parece que va cayendo la tarde.
Qué sólo tenía por efecto las penas que a mi me matan, son tantas que se atropellan y como de matarme tratan, se agolpan unas con otras y por eso no me matan.
Para empezar, este nombre que nadie usaba,,,. Para qué ponérmelo, si no tenían la intención de utilizarlo? Mi madre parecía de mucha edad; debía de haber pasado los cuarenta cuando yo nací y mi hermana Ana y Cachucha eran cinco años menores que yo, sin hablar de Ángel, que me es nueve años menor; jamás tuve la impresión de que fueran mis hermanos, Cachucha actuaba como si fuera mi gobernante.

Porque no éramos lo bastante ricos como para tener una. En realidad nuestra pobreza era un tema implacable en nuestra casa. Yo había oído el relato de lo que antes habíamos tenido y ya no teníamos, porque habíamos ido descendiendo en ese mundo de la suntuosidad y el lujo hasta lo que mi madre consideraba penuria.

Mi pobre padre daba la impresión de encogerse cuando ella hablaba de “ Tiempos aquellos que ya pasaron y que no conviene recordar para que el pasado sea pasado y no vuelva más nunca retornar “ , de aquella época en la que habían vivido de de miríadas de sirvientes, cuando había bailes espléndidos y banquetes elegantes.


Con la abuela Amada y la tía Mercedes. Pero nunca faltaba de qué comer, y seguíamos teniendo a la cocinera que se ocupaba de cocinar a fuego lento y a la empleada que se ocupaba de las habitaciones, y a la doncella para todo servicio, de manera de lo que se dice en la miseria no estábamos. Como mi madre siempre exageraba al hablar de nuestra pobreza, a mi se me ocurría pensar que hacía lo mismo al comentar las riquezas pasadas, y dudaba de los bailes y banquetes tan magnifico como mi tía Mercedes daba a entender.
Tendría yo unos nueve años cuando hice un descubrimiento portentoso. En el vedado había visitas, y en los parques del otro lado del puente del río resonaban voces alegres de la gente. Desde la ventana del vehículo de mi padre, yo los había visto sin bajarme del mismo.
Estaba deseoso de que me invitaran a visitarlos, ya que me moría por ver el interior de sus viviendas. Es verdad que conseguía vislumbrarles desde mi vehículo, en invierno cuando los árboles de Ceiba y Artemisa despojados de hojas ya no nos ocultaban al vehículo ni a mi padre y, ni a mí y casi siempre los viernes después de las dos de la tarde que iba a pillar no sé qué.

Pero lo único que alcanzaba ver eran las distantes murallas de pieza casi tan gris como el mar de invierno, lleno de Paz y de algún lugar de cierto, sabía que había amor sin que mi padre me dijera nada, se que hay amor dentro de aquella mirada, y supe reír como se ríe un niño, que se fascinaba. Había una entrada para carruajes que serpenteaba a lo largo de casi un kilómetro, de modo que desde el vehículo era posible divisar la casa de la abuela Adelaida y Leoncio, pero yo me había permitido que algún día si sobre mí vuela triste el viento gris correría a abrazarles y si algún día sentía que la soledad durmiera en mi almohada abrazarles para juntos seguir y poder alcanzar con las manos el sol y fundir nuestros sueños con amor. Y así fue.

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